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Parece que el origen de este municipio se sitúa en unos caserones construidos junto al río Pisuerga, concretamente junto a un Soto -"sitio que en las riberas o vegas está poblado de árboles o arbustos"- situado en la comarca del Cerrato, muy cerca de la capital, y que estarían dedicados a lugar de vacaciones de la curia eclesiástica de la zona. Vacaciones eclesiásticas Se trata de un lugar tranquilo, donde los obispos de la época descansaban de la vorágine diaria, y que debido a su cercanía con la capital era muy utilizado, lo que propició que fuera creándose un asentamiento que terminó denominándose El Soto del Cerrato, si bien existió un núcleo poblacional primitivo, datado en el Siglo XI, que se denominó Soto de Iuso. Esta villa de realengo (perteneciente al Rey) tenía en sus orígenes una población dedicada básicamente a la agricultura, primando en sus orígenes el cultivo de la vid por dos cuestiones fundamentales: las características del terreno, y el gusto del clero por el vino. Parece que en aquella época, la mayoría de la producción de uva de la villa se convertía en "caldo" en algunos conocidos monasterios de Castilla. Soto de Cerrato llegó a tener 270 viñedos, lo que le permitió contar con el lujo de tener dos barriadas de bodegas: las Bodegas de Arriba y las Bodegas de Abajo, aunque posteriormente, fueron prodigando otros cultivos como el cereal, o más recientemente la remolacha. Coincidiendo
con este período, en
la alta Edad Media se construyó el primitivo templo Hoy su iglesia parroquial está dedicada a La Asunción de Nuestra Señora. Se trata de un templo de una sola nave con cubierta plana, adornada con yeserías del s. XVIII y presidido por un retablo barroco. En otro altar se encuentra la imagen de la Asunción del siglo XVIII, de típico estilo herreriano. Pocos acontecimientos importantes se sucedieron en esta humilde y pequeña villa, hasta que llegó la época de la invasión francesa. Entre el año 1808 y el 1814, el Cerrato fue escenario de continuos combates. Muchas poblaciones de la comarca fueron saqueadas, y Soto de Cerrato no quedó fuera del desastre. En 1813, concretamente los días 5, 6 y 7 de junio, las tropas francesas llegadas a la provincia con motivo de la Guerra de la Independencia, saquearon todo lo que pudieron el pueblo, robando las humildes posesiones de sus pobladores y llevándose todos los ornamentos de oro y plata de la Parroquia. Las alhajas expoliadas a la Parroquia fueron valoradas en la época en más de 2.000 reales. Historia Contemporánea Según el Diccionario Geográfico-Estadístico- Histórico de España de Pascual Madoz, editado en 1849, Soto de Cerrato es un "Ayuntamiento del Partido Judicial de Baltanás, situado en terreno llano y vega, a la margen izquierda del río Pisuerga, con un clima desigual ventilado por los vientos de Norte y Sur, y poco propenso a enfermedades, a no ser calenturas intermitentes. Consta de 60 casas, la municipal, escuela de primeras letras concurrida por 18 niños y dotada con 800 reales; varias fuentes fuera de la población; e Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, de entrada y de provisión del ordinario." Continúa el Madoz afirmando que "el término municipal confina por el Norte con Reinoso, por el Este con el Río Pisuerga, por el Sur con Ontoria de Cerrato, y al Oeste con Villaviudas. Su terreno es de mediana calidad y disfruta de arenisco, arcilloso y gredoso; le baña el citado río con curso precipitado por éste término, que cuenta con un puente; además posee un pequeño monte poblado de robles". Además, en el municipio destacan dos fuentes: la del Montón y la del Arroyo de los Calces. El Dicicionario añade que "entre los productos agrícolas que se cultivan en la localidad destacan: trigo, cebada, avena, legumbres de todas clases, vino, patatas y hortalizas. Se cría ganado lanar, mular y asnal; caza de liebres, perdices y codornices; y pesca barbos, bogas, truchas y algunas anguilas". La población de Soto de Cerrato en 1849, según el Madoz era de "45 vecinos y 235 almas", mientras que su extensión es de 12,9 kilómetros cuadrados y su altitud asciende a 726 metros por encima del nivel del mar. Infraestructuras urbanas Desde sus orígenes, la construcción del centro urbano fue muy irregular, sin ningún tipo de planificación, costumbre que ha durado hasta nuestros días, en que nos encontramos con construcciones de carácter irregular, aunque eso sí, con amplias calles que permiten una cómoda circulación de los vehículos. A mediados de este siglo, se llevaron a cabo algunas obras importantes que contribuyeron a mejorar las hasta el momento escasas infraestructuras locales. Así, en 1923, se acometió la primera obra de introducción de la electricidad en el pueblo; aunque no fue hasta 1957 cuando llegó por primera vez el agua corriente.
En 1958, coincidiendo con la modernización del sistema agrario de la localidad, se construyeron los "Barrios Nuevos". Se trataba de un total de 24 viviendas construidas por la Organización Sindical "Obra Sindical del Hogar y Arquitectura", que fueron alquiladas a sus inquilinos por la módica cantidad de 300 pesetas al mes. A finales de los 80, los inquilinos tuvieron la oportunidad de comprar estas viviendas por un precio que rondó las 100.000 pesetas.
La primera noticia escrita sobre la Parroquia de la Iglesia de la Asunción data del Libro II de Fábrica, folio 48, del año 1768, en el que se ofrece una relación de los diferentes libros parroquiales, situando al Libro I de Fábrica en el año 1624. Según esto, la primera obra conocida en esta Iglesia se corresponde con la Torre Vieja, que en el año 1614 seguía sin derribar a la vez que no se había rematado la Torre Nueva, cuya obra había sido adjudicada al cantero Francisco de Arrontes por 14.000 reales. La primera relación de alhajas de la Parroquia fue llevada a cabo en 1733, describiéndose en la misma algunas de las principales joyas propiedad de la misma. En estos años se llevaron a cabo importantes obras como la Escalera del Coro (1735), que costó la nada despreciable suma de 119,5 reales; o el cancel de madera de pino para la Puerta Principal, realizado por el artesano de Becerril de Campos Francisco Díez Mata, por 950 reales.
Hubo que esperar hasta 1755 para instalar el Retablo de Santa Ana, realizado por Luis Tamame por 500 reales. En 1760 se doraron de nuevo algunas obras como el Altar Mayor o los Altares colaterales; mientras que en 1977 se acometieron algunas importantes obras como el Pórtico de la Iglesia, que alcanzó la suma de 5.000 reales. En 1813 ocurrió el desastre. Los días 5, 6 y 7 de junio las tropas francesas llegadas a la provincia con motivo de la Guerra de la Independencia, saquearon todo lo que pudieron el pueblo, llevándose todos los ornamentos de oro y plata de la Parroquia. La compra de nuevas alhajas le costó a la Parroquia la cantidad de 2.370 reales, en cuya cantidad estaba incluida la compra de un nuevo esquilón para la torre, que pesaba nada menos que 5 arrobas y 5 libras. En el año 1831, la Parroquia de la Asunción acometió una gran obra: la construcción del Campo Santo, que quedó fielmente reflejada en el Libro III de Fábrica, folio 79. Nada destacable ocurrió hasta finales del siglo, cuando, allá por el año 1890 se pintó y reparó la imagen de La Asunción por 75 pesetas y se compró para la misma una Aureola de plata que costó 20 pesetas. En 1892 se acometió el entarimado de la Iglesia, cuya obra supuso el desembolso de 987 pesetas. La modernidad, de la mano de Electricidad llegó en 1923, año en el que se acometió la instalación eléctrica. Y otro desastre más. La ignorancia mezclada con la necesidad, hizo que en el año 1959, se enajenaran dos preciosas y valiosas tallas de San Juan y San Sebastián, de las cuales se tenía referencia desde el año 1865, según la Secretaría de Cámara del Obispado de Palencia.
Como
la mayoría de los habitantes de la localidad se dedicaba a la labranza,
no podían celebrar adecuadamente la Fiesta, por la coincidencia con la
temporada de la cosecha. Por este motivo, tras complicadas deliberaciones,
decidieron cambiar la Fiesta Mayor a una época más adecuada para sus
necesidades laborales. Fue
entonces cuando cambiaron las fechas festivas, convirtiendo a San Antonio,
que celebra su festividad el día 13 de junio, en Patrón de la localidad,
y relegando a la Virgen de la Asunción a Fiesta Menor. Su Infancia en Lisboa Desde
su más tierna infancia, Fernando –que así se llamó en origen-, procesó
una especial devoción a la Virgen María, a la cual se consagró. De él
cuenta un historiador que visitaba a menudo las Iglesias y Monasterios de
la ciudad cuando era niño. Sus
padres confiaron su educación al maestrescuela de la Catedral para que le
iniciaran en las materias del Plan de Escuelas Catedralicias de aquel
tiempo: gramática, música, retórica, astronomía... etc. Cuentan
sus biógrafos que el Santo fue acometido en su juventud por la violencia
de las pasiones; pero añaden, que nunca se rindió a las exigencias del
placer. Estas crisis pasionales, son el principio de una vida sumida en la
desesperanza y en el vacío que terminó con la decisión de ingresar en
el Monasterio de San Vicente de Fora, situado en Lisboa, donde residió
durante dos años. A
causa de las continuas visitas de amigos y familiares, decidió pedir su
traslado a la Casa Madre de Coimbra, donde ingresó a los 17 años. A su
intenso trabajo espiritual, acompañó siempre el estudio que consideraba
complemento y perfección de su vida de piedad. Ingreso en los Franciscanos Mientras
permaneció en el Convento de Santa Cruz, le era imposible realizar sus
sueños, llegando a la conclusión de que sólo podía llevarlos a cabo
procesando en una Orden Franciscana. Cómo
la única manera de cambiar de Orden era con la autorización de los
superiores de las mismas, en una de esas visitas les confesó sus
intenciones diciéndoles: “Hermanos, recibiría con entusiasmo el hábito
de vuestra Orden, si me prometierais enviarme luego de haber entrado a
Tierra de Misiones”. Los frailes le dieron palabra, y a la mañana
siguiente ingresó en esta Orden. Con
el fin de salvar las dificultades familiares y de algunos monjes, convino
en cambiar su nombre, Fernando, por el de Antonio. Eligió este nombre,
por ser el titular del Monasterio donde residían los Franciscanos. Además,
se convino que tendría que viajar cuanto antes a las Misiones. En
el otoño de 1220, viajó a Marruecos, donde una terrible enfermedad le
retuvo en cama, por lo que los Superiores de la Misión juzgaron
conveniente repatriarlo para que atendiera a su convalecencia. Con este propósito, se hizo a la mar, pero un recio viento empujó a la nave hacia Oriente, obligándola a atracar en las costas sicilianas. Antonio se refugió en el Convento Franciscano de las afueras de Mesina, y de allí marchó al Capítulo General convocado en Asis. Su
primer campo de acción apostólica fue Romaña, región invadida por los
herejes, encontrando una fuerte oposición de éstos, que impedían que el
pueblo de Rimini acudiera a escuchar sus sermones. Hablar con los peces A
su palabra, acudieron montones de peces, que sacaban sus cabezas fuera del
agua con gran quietud, mansedumbre y orden. Aquel milagro, despertó gran
entusiasmo en la ciudad, quedando en evidencia los herejes. Al
cabo de unos años de apostolado, Antonio fue nombrado profesor de Teología.
Cerciorado San Francisco de su sabiduría y santidad, y convencido de las
necesidades del estudio de sus frailes para el más completo
desenvolvimiento de la Orden, le envió una carta en la que le daba su
beneplácito como Lector de Teología de la Orden. Poco
duró el magisterio de San Antonio en Bolonia, por cuanto las necesidades
generales de la Iglesia reclamaron su presencia en Francia para combatir
la herejía. San Antonio fue uno de los elegidos del Papa para esta
Cruzada. El
primer puesto de batalla de Antonio en Francia fue Montpellier, donde enseño
teología a los religiosos de su Orden y desde donde pasó a Tolosa, donde
ejerció el mismo ministerio. En
el año 1227 fue nombrado Superior Provincial de Romaña, cargo que ejerció
con éxito hasta el año 1230. En el año 1229, fue enviado a Padua,
donde, según uno de sus biógrafos: “habitaba con sus hermanos, pero
espiritualmente habitaba en el cielo”. Por
indicación del Cardenal de la ciudad de Ostia, Antonio se dedicó a la
composición de sermones para las festividades de los principales Santos y
domingos del año. Llegada la Cuaresma, Antonio suspendió el estudio para
dedicarse a la predicación, proponiéndose predicar durante 40 días
seguidos, hazaña que llevó a cabo a pesar de la maligna enfermedad que
arrastraba. El
fervor del pueblo
Era
tanto el fervor que el pueblo tenía a su persona, que las gentes se
abalanzaban sobre él para recortar trozos de su hábito, ante lo cual, se
tomó la determinación de desaparecer tras el sermos escoltado por sus
fieles. Consumido
por su esfuerzo y enfermedad, se retiró al Monasterio de Camposampiero,
donde conjugaba su vida de oración con la vida en comunidad. Hasta que el
viernes, 13 de junio de 1231, tras recibir los Santos Sacramentos, expiró. Los
niños de Padua recorrieron entonces la ciudad gritando: “¡Ha muerto el
Santo!, ¡Ha muerto San Antonio!” El
Papa Gregorio IX le concedió, al canonizarle, la misa de Doctor, que
ininterrumpidamente se ha celebrado en su fiesta. Posteriormente, Pío XII
se hizo intérprete de esa tradición secular, cuando el 16 de enero de
1946, le proclamó Doctor de la Iglesia, asignándole el título de Doctor
Evangélico. San
Antonio no ha perdido actualidad, y su memoria es evocada constantemente
por el pueblo cristiano, que ve en él al Santo que resucita muertos, que
se hace escuchar por los peces, que convierte a los herejes, que aligera
el bolsillo de los ricos a favor de los necesitados, que halla las cosas
perdidas, y que allana los obstáculos que dificultan el contraer
matrimonio, motivo por el que las “mozas” del pueblo le invocan en
busca de marido.
Con
una extensión de 1.534 km², casi 25.000 habitantes y a una altitud media
de 783 m, esta comarca de la provincia de Palencia cuenta con 37 villas,
un lugar y una ciudad. Geografía
El relieve de esta comarca está constituido por una serie de mesetas o plataformas denominadas páramos calcáreos, de extensión variable, y separados unos de otros por valles. Los accidentes del relieve se conocen con los nombres de "valle", "páramo", "ladera", "cerro", "loma", "cotarro" o "barranco". Las
alturas en el Valle oscilan entre los 931 metros en Greda (Cevico
Navero) y los aproximadamente 722 metros de Baños de Cerrato. Ríos
Los principales ríos que atraviesan el Valle del Cerrato son: - El Pisuerga que baña Astudillo, Torquemada, Villaviudas, Reinoso, Magaz, Soto, Baños, Tariego y Dueñas. - El Esgueva que atraviesa Castrillo de Don Juan. - El Carrión que baña la ciudad de Palencia, y las localidades de Villamuriel y Dueñas. - El Arlanza que atraviesa Palenzuela, Quintana del Puente y Torquemada. - El Franco que nace en Espinosa de Cerrato y pasa por Cobos. Clima El
Valle de El Cerrato cuenta con un clima templado-frío continental con
estación seca, que tiene las siguientes características: - Precipitaciones anuales entre los 400 y los 500 ml. de lluvia - Más de 100 días de precipitaciones al año - Temperatura media anual, entre los 11º y los 12 °C - Una diferencia entre la temperatura media del mes más cálido y la del más frío de casi 18°C - Unas temperaturas medias en invierno inferiores a los 6 °C - Numerosas las heladas entre los meses de noviembre y abril -
Un verano en el que destacan altas temperaturas y escasez de agua Historia La Historia del Valle de Cerrato está claramente ligada a la de la Provincia de Palencia. Del Paleolítico han sido encontradas armas y utensilios de piedra en la zona de Palenzuela, mientras que de la edad del bronce existen restos en Villaviudas.
El reinado de Fernando VI se distinguió por la realización de grandes obras públicas, de las que también se benefició el Cerrato, con la construcción de los dos puentes de Palenzuela (1747), y de numerosos canales, entre los que destaca el de Castilla.
PALENCIA EN LA PREHISTORIA Palencia es una de las más antiguas ciudades de la península. Su origen se pierde en la prehistoria y entre las leyendas de los pueblos prerromanos. Una tradición afirma que fue fundada por Palatuo, jefe vacceo, hijo de Rómulo. Para otros, son los griegos quienes la fundaron y eligieron para ella el nombre de la diosa Pallas, que daban a Minerva. Esta ciudad es nombrada por los historiadores antiguos (Appiano, Estrabon, Tito Livio) y por los geógrafos y naturalistas (Mela, Plinio). Precisamente Pomponio Mela escribe "clarisimae fuerunt Palantia et Numantia". Las relaciones entre estas dos ciudades, principales dentro de la Celtiberia en las que se centró la mayor oposición a la invasión romana, pueden darnos alguna pista sobre su antigüedad. Aunque las minorías célticas habían introducido desde antiguo su cultura en la península, los íberos se distinguían bien de los celtas, tanto por su aspecto físico, como por tener una lengua muy diferente, que no era indoeuropea. Así lo reconocían los romanos. Y los nombres ibéricos de sus ciudades, ríos, montañas… permanecieron después de la denominada celtiberización de los habitantes de Iberia. Por ello, se cree que el significado original de la palabra Palencia es ibérico, partiendo de la forma Palantia, con una sola L, como la nombra Ptolomeo. Así interpretaremos: ibai-lantia > ba-lantia > palantia ‘campos del río’. Pensemos que entre los astures existió la famosa ciudad de Lantia; que hacia los vacceos corre el río Arlanza (antes Aslantia: aitzs-lantia ‘campos de la peña’ y, desde luego, el mismo nombre de Numantia. Es entre los nombres antiguos donde encontramos las casi únicas fuentes para conocer algo de nuestros orígenes. El investigador palentino F. Roberto Gordaliza reconoce un 14% de nombres prerromanos, fundamentalmente de origen ibérico, entre los actuales nombres de lugar de la Tierra de Campos palentina (Cfr. Toponimia Palentina. Palencia, 1993). Estos nombres se fueron latinizando en mayor o menor grado. De la lenta romanización y entrada en la Historia del territorio palentino han dejado muestras los más antiguos autores: el historiador griego Appiano nos cuenta la cruenta emboscada que tendieron los palentinos a las tropas romanas con ocasión de una requisa de trigo; Plinio el Viejo nombra a los Palantini y da cuenta de la existencia de las misteriosas Fuentes Tamáricas en el norte de la provincia; los mejores generales romanos lucharon contra Palantia: Licinio Lúculo en el -151; Emilio Lépido en el -137 y por fin quien la dominó: Escipión el Africano. Los abundantes restos arqueológicos hallados confirman la antigüedad de la ciudad. En el Museo Arqueológico provincial pueden verse interesantes cerámicas y fíbulas celtibéricas, bronces y “terra sigilata” vaccea. En cualquier caso, son sobre todo los restos romanos los que avalan la importancia de una amplia y profunda romanización en el territorio palentino, y demuestran el pujante florecimiento de una civilización de la que son su mejor exponente las posteriores y grandiosas villas romanas de La Olmeda y Cervatos, situadas en la provincia.
Palencia,
al igual que el resto de la meseta norte, no fue dominada por los romanos
hasta que no hubieron caído el sur y el este de la península. Entre los
hitos que marcaron la historia de Palencia en este período destaca: Guerra celtibérica (154-133 a.C.): Cuando
los romanos atacaron a los celtiberos en 154 a.C. también atacaron a los
vacceos que ocupaban una situación estratégica en el paso del suministro
de cereal hacia el territorio celtíbero. La guerra causó terribles pérdidas
para los vacceos: muertes y cosechas destruidas durante veinte años, además
de la pérdida de independencia política. Tras la caída de Numancia,
Palencia pasó a ser parte de la Hispania Citerior. Romanización Los vacceos no se sometieron fácilmente. En varias ocasiones se sublevaron contra el abuso de los gobernantes romanos. En el año 74 a.C. Pompeyo cercó Pallantia y sus legiones incendiaron la ciudad. Pallantia se sublevó de nuevo en plena conquista de las galias por parte de César. En el año 16 a.C. los vacceos volvieron a sublevarse; sin embargo, la romanización acabó por imponerse. Se construyeron ciudades como Pisoraca, cerca de la actual Herrera de Pisuerga, que debe su origen al establecimiento en sus tierras de la Legión IV Macedónica; Lacóbriga, cerca de la actual Carrión de los Condes; y Pallantia. Hay que distinguir entre la Pallantia arévaca (la actual Palenzuela) y la Pallantia vaccea (precedente de la actual Palencia) rápidamente romanizada y que ya alcanzó importancia a mediados del siglo I.
A partir del siglo II, las ciudades decaen y las villas cobran auge. El siglo III destaca por las crisis sociales y el auge de las villas. Se concentra la propiedad y se crean latifundios. Los
siglos IV y V fueron de crecimiento, si bien hubo algunas crisis debidas
principalmente a las invasiones de los pueblos bárbaros. Los visigodos Los visigodos establecieron su reino en tierras hispanas tras la caída del Imperio Romano. Su preferencia por zonas rurales y escasamente pobladas, hicieron de la futura Castilla su territorio por excelencia. Son de especial importancia sus necrópolis y, entre ellas, la de Herrera. Pallantia fue otro importante núcleo visigótico. La basílica de San Juan de Baños, fundada por Rencesvinto es un hito en la arquitectura visigótica.
LA REPOBLACIÓN La ocupación de la Península Ibérica por parte de los musulmanes se limitó a los territorios situados al sur del Tajo. En el valle del Duero se establecieron algunas guarniciones bereberes que desaparecieron a mediados del siglo VIII. De esta forma, el valle del Duero quedó como una tierra de nadie, entre Al-Andalus al sur, y el reino astur al norte, apenas quedó población en este territorio. La montaña palentina se repobló de forma espontánea durante el siglo IX, en forma de núcleos familiares que se apropiaban directamente de las tierras baldías y se dedicaban al cultivo de cereales, huertos y a la actividad ganadera. Parece ser que el conde Nuño Núñez, pobló ya en el año 824 la localidad de Brañosera. La mayor parte del territorio de Palencia fue repoblada durante el reinado de Alfonso III, en el último tercio del siglo IX. Este tipo de repoblación ya suele ser oficial y se hace por el rey en persona o por delegados reales. Primero se repobló Saldaña, más tarde Tierra de Campos y el Cerrato, en especial es triángulo formado por Carrión, Cisneros y Astudillo, y finalmente, ya acabándose el siglo IX, se repoblaron Dueñas y Monzón. El proceso de repoblación continuó durante los siglos X y XI. La sociedad surgida de la repoblación era básicamente rural, organizada en pequeñas aldeas con fuertes lazos de solidaridad interna, en la que tuvieron gran importancia los pequeños propietarios libres. Por otra parte la nobleza, (condes de Saldaña, Carrión y Monzón) se fortalece y también las instituciones eclesiásticas (monasterios de S. Félix, en Cisneros; de S. Isidro, cerca de Dueñas; y Santa María de Mave, en el norte de la provincia). La colonización fue obra de castellanos y leoneses. En un principio, el río Pisuerga fue frontera ente el reino de León y el incipiente condado de Castilla. A partir del siglo IX Castilla y León disputa la zona de tierra de Campos situada al oeste del Pisuerga. Allí tuvo lugar la batalla de Tamarón, en el año 1037, en la que murió el último rey leonés; mientras Fernando, el vencedor, se proclamó rey de Castilla y León. A mediados del siglo XII los reinos se separaron y volvieron a surgir las disputas. Con la unificación en 1230 de los reinos de Castilla y León concluyeron las disputas.
LA EDAD MEDIA EN PALENCIA Durante el siglo XV Palencia experimentó un notable crecimiento y prosperidad. La ciudad se expandió hacia el sur y el este. El nuevo recinto amurallado incorporaba la iglesia de San Pablo y los terrenos en torno a la iglesia de San Francisco. Y en los albores del XVI se incorporaban La Puebla de San Lázaro y la zona que se extendían más al sur de la ciudad. Hacia 1530 la ciudad contaba con 7.168 habitantes. Carrión también había alcanzado cierta importancia debido a sus ferias y sobre todo a la actividad textil. En Palencia, la mayor parte de la actividad manufacturera (tejedores, tundidores, pellejeros...), se concentraba en el barrio de La Puebla donde trabajaba la mayor parte de los artesanos dedicados a la fabricación de paños. Durante la Baja Edad Media la administración local creció significativamente. El concejo regulaba el abastecimiento local, la política urbanística, el avecindamiento, la seguridad ciudadana, el mantenimiento de oficios públicos (pregonero, médico, verdugo, campanero, etc.), e incluso la vigilancia de la moral pública. El concejo palentino fue un caso peculiar en la Meseta castellana: los cargos municipales eran nombrados por el obispo en vez de por el rey, como sucedía en otras ciudades de realengo. Además, los oficios municipales como merino, mayordomo, diputados... no eran ocupados de forma vitalicia por caballeros. El primero de marzo de cada año, la ciudad proponía una lista de candidatos al obispo, el cual seleccionaba cuatro alcaldes y doce regidores. Los palentinos lucharon por desvincularse del yugo señorial, y aunque no lo lograron, a finales del siglo XV la intervención de la Corona era cada vez mayor y la institución señorial se encontraba muy debilitada.
LA EDAD MODERNA EN PALENCIA
La
organización del poder Las disputas entre el obispo y el concejo durante el siglo XV determinan la intervención real que introduce la figura del corregidor, un delegado real, que reduce el poder del obispo. El poder real se fortalece en el siglo XVI tras la batalla de Villalar. A mediados del este siglo la bancarrota de la monarquía provoca las enajenaciones de bienes y cargos públicos, y las regidurías (de transmisión hereditaria) se venden a la oligarquía urbana. Esto, unido a la descomposición del señorío en 1574, privan de representatividad al municipio que queda en manos de unas pocas familias: los "veintidós". Estas familias se hacen con dos votos en Cortes en 1666 y se libran de la dependencia fiscal a Toro. Con el reformismo borbónico, a la figura del corregidor se une la figura del intendente, con amplias competencias en policía, justicia, finanzas y guerra. Tras los motines de 1766 se crean las figuras de diputados del Común y procurador síndico personero, elegidos por el pueblo y encargados de defender los intereses del pueblo en lo relacionado con los abastos. Tal situación se mantendrá hasta la implantación del sistema constitucional en el primer tercio del siglo XIX. El
siglo XVI. Un período de expansión
La producción agraria crece de forma considerable hasta la mitad de siglo. Por otra parte nace una industria textil basada en el trabajo de la lana. Todo ello, unido a la comercialización de los productos a través del sistema de ferias y mercados y a la creación de actividades secundarias y terciarias, genera una época de prosperidad que durará hasta finales de siglo, en la que Palencia y Castilla constituyen el corazón económico y demográfico del imperio. La bancarrota de la monarquía lleva a un aumento de la presión fiscal, acabando la moderación de las rentas de la tierra, y de los derechos señoriales y fiscales. La época de prosperidad finaliza. El
siglo XVII. Un período de decadencia
La política internacional de los Habsburgo exigió unos gastos desorbitantes a la monarquía española. Para sufragar estos gastos los Reyes no dudaron en aumentar impuestos y en aliarse con cuantos pudieran contribuir a sostener económicamente la monarquía, procediéndose a la enajenación masiva de tierras baldías y concejiles. La producción agraria no creció desde 1580, y a partir de 1600 decrece. El Estado, la aristocracia y los municipios se endeudan. La burguesía comercial invierte en la compra de títulos y rentas. Las malas cosechas y las epidemias agravan la situación del campesinado que se empobrece y ya no puede consumir productos manufacturados. Se reduce la demanda de bienes industriales, y las villas y mercados que crecieron durante el siglo pasado ahora languidecen. La ciudad de Palencia tenía 11526 habitantes en 1587, pasando a teneren 1599, 5143 habitantes. Felipe II vendió pueblos de realengo a ricos aristócratas. Otros pueblos como Cisneros o Becerril pudieron comprar su libertad. A Cisneros le costó cuatro millones de maravedíes; a Becerrril, nueve. Durante el siglo XVI fueron vendidos cerca de cincuenta pueblos del centro de la provincia. La sociedad se vió reducida al dominio de la aristocracia, del clero y de los oligarcas urbanos, que apoyados por el rey viven de la actividad rentista, sin inversión productiva, lo que impide la recuperación económica. En 1700, ejércitos de vagos, mendigos y pobres de solemnidad pueblan la ciudad y la provincia de Palencia. La peste y las epidemias se ceban sobre una población que malvive. El
siglo de la Ilustración. Un período de recuperación incompleta
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